El agua que conecta mis historias con el paisaje

¡Hola! Soy Anays Blanco y recientemente me incorporé al equipo de Sky Island Alliance en Sonora como gerente de proyectos. Aprovecho este espacio para compartir algunas de las experiencias y momentos que han ido construyendo mi manera de entender el territorio, los recursos naturales y la conservación.

Mi trayectoria ha pasado por distintos ámbitos profesionales y, a menudo, me preguntan qué me llevó a buscar un camino en la conservación. No encuentro una respuesta corta ni un momento específico que pueda señalar como el inicio. Al mirar hacia atrás, entiendo que mi relación con estos paisajes comenzó mucho antes de saber que algún día me dedicaría a conservarlos y, en particular, a las maravillosas Islas del Cielo, el Archipiélago Madrense.

Raíces

Si nos vamos al origen, creo que mi manera de entender el mundo comenzó con mis abuelos.

Mi familia materna es de Cananea, en el corazón de las Islas del Cielo. Mi abuelo fue minero, pero antes de eso creció entre los pueblos del río Sonora, especialmente por Aconchi, donde aún tenemos familia y donde el río y los manantiales de agua caliente eran parte de la vida cotidiana.

Del lado paterno, mis raíces son ganaderas y vienen de Suaqui, en el antiguo valle de Batuc, donde corría el río Moctezuma. Este pueblo, donde nacieron mis abuelos, desapareció bajo las aguas de la presa El Novillo antes de que naciera mi padre, y mis abuelos tuvieron que empezar de nuevo en un rancho por San Pedro de la Cueva.

Antes de entender lo que significaban la ecología y la conservación, ya había crecido escuchando historias de montañas, minas, ríos, ranchos y pueblos que habían cambiado. Durante mucho tiempo las escuché como historias aisladas. Solo más tarde vi que, aunque provenían de distintos rincones de la Sonora árida, compartían un hilo: el agua.

Izquierda: Contrastes de Cananea: su pueblo, sus montañas y la mina de cobre más grande de México, la cuarta del mundo. Vista desde lo alto de la casa de mis abuelos. Derecha: Ruinas de la antigua iglesia de Batuc, normalmente cubiertas por las aguas de la Presa El Novillo (al fondo). En época de sequía, Batuc vuelve a aparecer; en sequías severas, también emergen vestigios de Suaqui.

Los ríos, los manantiales y los valles han sostenido a nuestras comunidades y formas de vida, pero también han sido transformados por las decisiones que tomamos sobre el agua. Esas historias moldearon mi manera de ver este territorio y mi lugar en él.

Crecer en el Desierto de Sonora me enseñó desde temprano que el agua nunca está garantizada. Aprendemos a notar cuando falta, a emocionarnos con una buena lluvia de verano y a reconocer que un pequeño arroyo o un ojo de agua pueden significar muchísimo en medio de un paisaje aparentemente seco.

Montañas

Desde niña, los viajes a Cananea eran unas de mis experiencias favoritas. Visitaba a mi familia y fui reconociendo un paisaje muy diferente al de Hermosillo. Me encantaba observar cómo cambiaban la vegetación, el clima y el paisaje, pero también cómo yo misma parecía cambiar en ese lugar: era más feliz, más curiosa y siempre tenía ganas de salir a explorar.

Años después, viví en Cananea por un tiempo. Para entonces, aquellas montañas que conocía desde niña ya formaban parte de mi vida cotidiana. Durante la universidad comencé a recorrerlas de otra manera, participando en expediciones de reconocimiento biológico y descubriendo la diversidad de especies, paisajes y ecosistemas que albergaban. Dejaron de ser solamente las montañas que me hacían feliz y que rodeaban Cananea para convertirse en un territorio que quería conocer y entender.

Fue entonces cuando descubrí el concepto de Islas del Cielo y empecé a entender por qué son tan importantes en un paisaje como el nuestro. Las partes altas de estas montañas captan y almacenan agua, alimentan arroyos y ríos que bajan hacia los valles y sostienen la vida mucho más allá de las cumbres. También fui descubriendo las transiciones entre los bosques, los pastizales, los ríos y las comunidades que dependen de ellos.

Al mismo tiempo, estudiar gestión empresarial en una comunidad profundamente ligada a la minería me puso en contacto con dos mundos que muchas veces se miran por separado. Mientras me acercaba cada vez más a la conservación, estudiaba también cómo optimizar recursos, mejorar la productividad y tomar decisiones económicas, rodeada de actividades productivas y personas cuya vida dependía de ellas, pero donde el valor ecológico de los paisajes que sostenían esas actividades quedaba en segundo plano, o incluso era ignorado.

Me di cuenta de que estas realidades no podían pensarse de manera aislada. Necesitaba encontrar formas de que la voz de la naturaleza también estuviera presente en esas conversaciones. En ese encuentro entre ambos mundos fui encontrando mi vocación.

La Sierra Los Ajos ocupó un lugar muy especial en ese proceso. Fue uno de los primeros lugares donde tuve la oportunidad de involucrarme directamente en el trabajo de campo y, para mí, se convirtió en mi primer amor dentro de las Islas del Cielo.

Ahí realicé uno de mis primeros proyectos de investigación, generando información sobre la biodiversidad de un sitio amenazado por la actividad minera que, hasta entonces, no contaba con una línea base documentada. La experiencia me mostró la importancia de conocer lo que existe en un lugar cuando se toman decisiones sobre su futuro y reforzó mi interés por encontrar formas de que la conservación tuviera un lugar en ellas.

Izquierda: Sierra Los Ajos, APFF Bavispe, Sonora. Derecha: Ocelote registrado en Sierra Los Ajos (2017), durante el proyecto de investigación mencionado. Cortesía: Blanco-Gutiérrez et al. (2022), Mammals of El Chilicote in the Sierra de los Ajos, Sonora, Mexico.

Ríos

Con el tiempo, otras experiencias me llevaron de las montañas hacia los ríos y las cuencas, en particular al río San Pedro y al trabajo con castores.

En estos paisajes áridos, donde muchos arroyos han sido erosionados y el agua puede escurrir rápidamente después de una lluvia, los castores ofrecen un ejemplo concreto de cómo la naturaleza puede transformar un paisaje. Sus represas disminuyen la velocidad del agua, retienen sedimentos y favorecen la infiltración, creando condiciones para que la vegetación vuelva a establecerse y otros procesos se reactiven.

Una presa natural construida por castores en la Reserva de Cuenca Los Ojos.

Trabajando con Cuenca Los Ojos, pude ver de cerca lo que significa sostener un esfuerzo de conservación durante muchos años y cómo puede transformar un paisaje y repercutir mucho más allá de sus límites. Trabajar alrededor de manantiales, arroyos y zonas de infiltración dejó claro que cuidar el agua significa cuidar muchas otras cosas al mismo tiempo: el suelo, la vegetación, los hábitats y las actividades de las personas que viven en esos territorios.

Esa misma relación se observa en los paisajes ganaderos de Sonora y Chihuahua. A través de distintos proyectos, llegué a entender cómo los cambios en el manejo de los pastizales pueden ayudar a recuperar la cobertura vegetal y mejorar la productividad de los agostaderos, al tiempo que permiten que más agua se infiltre y permanezca en el paisaje. Cuando estas funciones se recuperan, los beneficios alcanzan no solo a quienes trabajan la tierra, sino también a la fauna y los ecosistemas que comparten ese espacio.

Con estas y muchas otras experiencias, he ido construyendo una forma de mirar estos paisajes que hoy es fundamental para mi trabajo: entender que las cosas no ocurren de manera aislada. El agua, el suelo, la vegetación, la fauna y las actividades humanas forman parte de un mismo sistema, y una decisión tomada en un sitio puede cambiar las condiciones de muchos otros.

También he aprendido que encontrar soluciones para estos paisajes requiere crear espacios donde distintas perspectivas puedan encontrarse. Espacios para escuchar, cuestionar lo que damos por hecho y buscar estrategias integrales que consideren tanto las necesidades de las personas como los procesos naturales que sostienen la vida.

Del mismo modo, imagino este espacio como esas montañas, generadoras de agua y de ideas, donde distintas perspectivas pueden fluir, encontrarse y dar origen a estrategias para cuidar los recursos, los paisajes y las personas que dependen de ellos.

Quizá por eso, al mirar hacia atrás y buscar inspiración para poner algo de mí en este espacio, encontré en el agua el hilo que une muchas de mis historias con los paisajes y las personas de la región.

Otro hermoso día recorriendo el Cajón Bonito en la Reserva de Cuenca Los Ojos.