‘Raíces perdidas’: una coreografía inspirada en las Islas del Cielo

Ángel García es becario de comunicaciones para Sky Island Alliance, además de nuestro experto en manantiales en Sonora. También es estudiante de la Licenciatura en Danza en la Universidad Autónoma de Baja California. Todas las fotos aquí son parte de una coreografía que él diseñó.

Desde que era niño he mantenido una conexión cercana con la naturaleza: el vivir en Esqueda, Sonora, un pueblo pequeño cercano a la sierra, y el poder visitar ranchos con frecuencia y acampar por días en la presa “La Angostura” donde mis abuelos pescaban. Todo esto me ha ayudado a valorar y encontrar en la naturaleza una fuente constante de aprendizaje e inspiración. El haber estudiado biología y mi experiencia con Sky Island Alliance, colaborando en los proyectos Spring Seeker y FotoFauna, me permitieron conocer de cerca la extraordinaria biodiversidad de estos paisajes, los desafíos, las amenazas y las problemáticas que existen entre las personas y la vida silvestre al coexistir. Años después, al comenzar mi formación en danza, descubrí que esta forma de arte podía ser un puente para abordar temas ecológicos, biológicos y sociales — una nueva herramienta que me ayudaría a continuar con la educación ambiental, comunicando sus temas y problemáticas, y conectando con las personas de una manera más emocional y sensible que puede llevar al cuestionamiento y la reflexión.

Mi paso por Sky Island Alliance sin duda transformó mi forma de entender el territorio y la relación que tenemos con él. Con una nueva visión, he tenido la oportunidad de recorrer numerosos ranchos de la región de las Islas del Cielo, visitar manantiales, instalar y revisar cámaras remotas, conversar con vaqueros y ganaderos, y conocer de primera mano algunas de las problemáticas que se viven en la región.

Una de las situaciones que más llamó mi atención fue el conflicto constante entre los grandes felinos y la ganadería. Escuché historias de los vaqueros sobre ataques a becerros que provocaban pérdidas económicas y escuché sobre su forma más fácil de abordar el problema: la cacería de felinos como una respuesta para proteger su patrimonio. En ese momento no tenía ni la experiencia ni el conocimiento suficiente para abogar a favor de los grandes y hermosos felinos, pues para mí eran importantes por el simple hecho de “existir” y de ser seres vivos que cumplen una función importante en el ecosistema. Pero probablemente esta respuesta no tendría el peso suficiente ante la dimensión del problema que veían los ganaderos.

Hoy me doy cuenta de que detrás de este conflicto existe una historia mucho más profunda y no puede entenderse únicamente como un enfrentamiento entre personas y animales. Con el paso de los años aprendí que muchas veces los felinos recurren al ganado porque sus presas naturales, como lo es el venado, disminuyen debido a diversos factores, entre ellos: la cacería furtiva, la transformación del paisaje en lugares agrícolas, ganaderos o mineros, la fragmentación del hábitat por cercos, carreteras, muros, etc. Esta problemática refleja cómo las acciones humanas rompen con el equilibrio de un ecosistema donde todas las especies están conectadas.

En 2022 tuve la oportunidad de participar en el Tri-National Sonoran Desert Symposium en representación de SIA, donde conocí con mayor profundidad la historia biocultural de la región en conversatorios con integrantes de la comunidad indígena Tohono O’odham, quienes ya habitaban en la región mucho antes de ser separados por las divisiones políticas, el muro fronterizo y las actividades económicas que hoy caracterizan a las Islas del Cielo. Ahí aprendí que este territorio era recorrido por distintos pueblos indígenas que mantenían una relación muy cercana, profunda, espiritual y respetuosa con la naturaleza — ya que, para ellos, los animales, los manantiales, las montañas y el desierto no eran recursos para explotar, sino seres y lugares con los que compartían una relación de reciprocidad. En aquel momento, “la tierra no era una propiedad; era un espacio vivo del que ellos también formaban parte”.

Recientemente, durante una de mis clases de la universidad, aprendí sobre el pensamiento occidental, y fue entonces que me di cuenta de ciertos comportamientos que tengo — cosas que inconscientemente habían pasado por generaciones desde la colonización y la llegada de las nuevas formas de organización social y económica, nuevas costumbres, nuevas tradiciones que fueron desplazando la forma ancestral de entender el mundo. En las Islas del Cielo, la división territorial, la propiedad privada, el capitalismo, la expansión de la ganadería, la agricultura y posteriormente la minería modificaron no solo el paisaje, sino también nuestra forma de relacionarnos con él. Poco a poco, el ser humano comenzó a asumirse como dueño de la naturaleza y sus recursos en lugar de reconocerse como parte de ella.

Fueron precisamente todas estas experiencias, conversaciones y aprendizajes que me hicieron entender y reflexionar desde diferentes perspectivas el conflicto entre ganaderos y felinos, casos que se vienen presentando desde el exterminio del lobo mexicano. Aún con este conocimiento y conciencia, podría ser difícil para mí entablar una conversación sobre este tema con ganaderos. Por eso, decidí trabajar en una coreografía titulada “Raíces perdidas”, interpretada por Daana Leal, Dalia Ruiz, Sherlyn Canela, Hatziry González, Mahol Salinas y Miguel Osuna de la Universidad Autónoma de Baja California. Es una obra que combina características del folclor y danza contemporánea que me permitió expresarme y exponer este tema. La obra no pretende señalar culpables ni ofrecer respuestas simples a problemas complejos. Más bien, es una forma de exponer y reconocer que el conflicto entre ganaderos y felinos tiene múltiples causas y afecta tanto a la biodiversidad como a las comunidades que dependen de ella y nos invita a reflexionar sobre las consecuencias de romper el equilibrio que sostiene a los ecosistemas.

Para mí, esta coreografía y otras que he creado como “Almas en vuelo” y “Último respiro”, representan la unión entre dos disciplinas que parecían muy distintas: la biología y la danza. Creo profundamente en el poder que tiene el arte para la conservación ambiental. Porque proteger la naturaleza no depende únicamente de conocer datos científicos; también requiere despertar empatía, cuestionar nuestras formas de pensar y reconstruir el vínculo emocional que nos une con el mundo.


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