


Dariana Valdez y Ximena Velásquez, estudiantes de Ingeniería en Ciencias Ambientales de la Universidad de Sonora y practicantes profesionales de Sky Island Alliance, nos cuentan cómo vivieron su experiencia en Sierra La Madera durante una de nuestras expediciones para hacer crecer el proyecto Spring Seeker en Sonora.
Sierra La Madera forma parte del Área de Protección de Flora y Fauna Bavispe, en la cual se resguardan ecosistemas clave y se encuentran cuencas vitales. Este valioso lugar forma parte de las Islas del Cielo donde podemos encontrar una biodiversidad extensa incluyendo animales impresionantes como el oso y el jaguar.
El 11 de junio viajamos a Moctezuma para reunirnos con el equipo de Sky Island Alliance para dialogar sobre el plan y las rutas que se iban a recorrer en Sierra La Madera. Al día siguiente cargamos los carros para emprender el viaje junto con personas de la CONANP (Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas). Fue una travesía de tres horas para llegar a la cima de una montaña al lado de la antena que le da señal a los pueblos circundantes.
Uno piensa en la sierra y la imagina como una cadena montañosa y enorme para el pie humano, un lugar lejano y casi prohibido, donde solo la fauna converge y habita con su entorno. ¿Y quién no quisiera adentrarse en tan maravilloso encuentro? Nosotras nos encaminamos al punto más alto de Sierra La Madera con el objetivo de encontrar manantiales, afloramientos de agua dentro de las cañadas, la zona donde corre el agua que se vuelve estrecha y encajonada por rocas. El recorrido es todo un paisaje de distintos ecosistemas convergiendo en el mismo espacio. Nos adentramos en un bosque de pinos que nos llevó a un bosque de encinos, moviéndonos hasta el pastizal y zonas rocosas hasta llegar a un desierto abierto compuesto por matorral xerófilo en la zona baja de la sierra. Presenciar las transiciones al caminar es entender el porqué es un área natural primordial. Este intercambio entre ecosistemas se debe a la altitud que comprende la Sierra La Madera, que hace que la temperatura baje, la humedad aumente y dé lugar al intercambio de ecosistemas, conectando las partes más altas de la sierra con llanuras semiáridas.





Dentro de nuestra búsqueda de manantiales, encontramos desde excrementos y esqueletos hasta anfibios, insectos y mamíferos que habitan en el área. Tuvimos avistamiento de venado cola blanca (Odocoileus virginianus) en la zona alta de la sierra, anfibios como la rana arborícola de los cañones (Hyla arenicolor) y el esqueleto de un cacomixtle (Bassariscus astutus). Estuvimos sorprendidas por la variedad de especies que conviven y se brindan alimento dentro de la sierra; nos funcionaron como brújula para el encuentro con afloramientos naturales de agua.
¿Cómo llegaron los manantiales a las zonas más recónditas de la sierra? Aquí surge la magia que las rocas han guardado durante siglos: Sierra La Madera está compuesta principalmente por rocas volcánicas formadas por consolidación de cenizas calientes y fragmentos de roca. Gracias a su composición, en temporadas de lluvia el suelo rocoso y poroso funciona como esponja, ayudando a que el agua no se escurra por completo, sino que se infiltra por medio de las fracturas de las rocas hasta llegar a los acuíferos subterráneos.
Hemos escuchado que el agua siempre encuentra donde seguir su camino y aquí lo encuentra cuando se ve obligada a buscar salida hacia la superficie. Sucede cuando esta agua que ha sido infiltrada se encuentra con capas de roca más impermeables; esto da origen a manantiales, ojos de agua e incluso escurrimientos en las cañadas.
En las partes altas donde se encuentran los bosques de pino y encino, el suelo actúa diferente, ya que retiene mucha humedad gracias a la materia orgánica y se infiltra en el suelo. En las partes más bajas, el agua sale a la superficie principalmente donde las cañadas se estrechan y se vuelven profundas. Logramos encontrar manantiales perennes en estas zonas más bajas que reciben una constante descarga de presión hidrostática de toda la sierra.
El paisaje era hermoso — nos encantó ver cómo, alrededor de un manantial, la vegetación se transforma por completo, y cómo el matorral o el encino seco cede abruptamente a pequeños oasis de humedad. Aquí encontramos musgos, helechos, sauces y pequeñas especies que aprovechan el agua superficial.

Poder rastrear estos manantiales fue un reto divertido; cada detalle era una pequeña pista. Muchas veces, antes de ver el agua brotar como tal, el camino a seguir se revelaba a través del verdor de la vegetación circundante, los insectos o anfibios presentes, y el canto de las aves.
El sábado 13 de junio comenzamos nuestras actividades. Nos dividimos en tres grupos según la dificultad del trayecto — no específicamente del terreno o de la pendiente sino de la distancia que cada equipo iba a recorrer. Fue divertido adentrarse en el bosque, donde se puede notar que la huella humana no se ha permeado por completo. Cada kilómetro era notable ya que el ecosistema iba cambiando junto con este. Fue una experiencia enriquecedora y nos dio una oportunidad de ver de primera mano y entender cómo funcionan los cauces de los ríos.
En las Islas del Cielo en Sonora es donde se originan la mayoría de los ríos que abastecen de agua al resto del estado. En el caso de Sierra La Madera, ahí nace el río San Miguel. Este río se origina específicamente en el costado oriental de la sierra a través de un escurrimiento conocido como el arroyo Las Rastras. El río San Miguel corre de norte a sur y posteriormente se une al río Sonora. Es por esto que son tan importantes estas actividades de monitoreo de manantiales anualmente, porque no solo se trata de saber cuántos ojos de agua hay y qué tanta agua tienen en estos puntos clave para la fauna silvestre sino que también es importante tener estos conocimientos para poder predecir los comportamientos de los ríos de los cuales depende mucha población en el estado.
