Este otoño, con la ayuda de Maria Renée, artista, conservacionista y consultora de duelo radicada en Tucson, Arizona, SIA organiza una serie de charlas y ejercicios para atender el duelo ecológico. Únete a nuestro webinar el 4 de noviembre para aprender más y baja hasta “La invitación” para hacer un ejercicio, el primero de una serie sobre el tema.
Para muchos de nosotros, cuando la experiencia del duelo empieza a surgir, lo último que queremos es acercarnos a ella. Podemos distraernos, tomar distancia y buscar un sentimiento más ligero, más fácil y más reconocible.
Esto es comprensible. Es posible que no hayamos tenido la oportunidad, a temprana edad, de aprender a sentirnos cómodos ante el duelo. Incluso es posible que nos hayan avergonzado hasta alejarnos de él, haciendo que el duelo nos resulte aterrador o hasta invisible.
También puede que hoy no tengamos acceso al tiempo, al espacio ni a relaciones lo bastante sólidas para darle la bienvenida al duelo. Puede que nos falten las habilidades para estar presentes cuando llega. Todo esto hace que el duelo sea una llegada incómoda y disruptiva.
Pero ¿y si — con las habilidades, la comunidad y el espacio adecuados — vivir el duelo pudiera convertirse en una forma de regresar al mundo? ¿Y si, al volvernos hacia el duelo, nos sintiéramos más vivos y ligados a un sentido de pertenencia? Hacemos duelo porque estamos conectados.
David Abram, en Coming to Our Animal Senses, dice:
“…el duelo es solo un umbral, un umbral necesario que cada uno de nosotros debe cruzar. El primer momento de volver a nuestros sentidos es, en efecto, uno de duelo. Y sin embargo, es como si la tierra reseca bajo nuestros pies necesitara el agua de nuestras lágrimas para que la vida nueva vuelva a brotar… De pronto nos encontramos en relación activa y en reciprocidad con las libélulas y los búhos que ululan, con el aire que entra a raudales por tus fosas nasales, con las luminarias que zumban al averiarse, con la gravedad y con los escarabajos.”
Vivir el duelo es un acto de reciprocidad con el mundo que nos rodea. ¿Por qué? Porque hacemos duelo por aquello con lo que estamos conectados, a lo que estamos comprometidos y de lo que formamos parte. Hacemos duelo por lo que amamos. El duelo es una llamada y respuesta con los sistemas sociales y ecológicos en los que estamos inmersos. Vivir el duelo demuestra que estamos prestando atención, que somos receptivos y que estamos dando algo a cambio.
Para quienes estamos en sintonía con el mundo natural, esto significa que es posible que sintamos duelo en relación con los paisajes, las especies y el clima cambiante. Cuando presenciamos cómo un ecosistema familiar se va quedando en silencio, la desaparición de una especie o los efectos de otra temporada seca más, lo sentimos en el cuerpo.
Este duelo responde a la llamada de la pérdida ambiental — una señal saludable de nuestra conexión.
La llamada y respuesta es inherente a los sistemas ecológicos. Si prestamos atención, la vemos (y la oímos) por todas partes. Las lluvias recientes del monzón trajeron paisajes verdes al sur de Arizona, seco durante mucho tiempo. Las plantas latentes revivieron, brotaron las anuales y el crecimiento nuevo proliferó. En algunas zonas, las mariposas hocico americanas emergieron en cantidades enormes, como suele ocurrir cuando fuertes lluvias ponen fin a una larga sequía. Prosperan en gran parte gracias al abundante crecimiento nuevo del granjeno — su principal planta hospedera larval — cuyas hojas se comen las orugas. Luego, las mariposas adultas devuelven el favor, polinizando plantas como el romerillo.
Podemos pensar en la expresión de nuestro duelo (y de nuestra alegría, gratitud y cariño) como un acto de devolver algo a los paisajes naturales que nos sustentan. Nuestro duelo puede ser simplemente una respuesta emocional, o puede tomar la forma de una ofrenda, una práctica artística o el acto de ser testigos de la pérdida.
La invitación
Ve a un paisaje favorito, quizás uno que te despierte una sensación de duelo. Puede ser un viaje de un día a un lugar a varias horas de distancia o una visita más corta a un paisaje urbano cercano que conoces desde hace años. Dedica un tiempo a observar la “llamada y respuesta” de las plantas, los animales, la tierra, el agua y el clima. Luego, a tu manera, crea una respuesta a lo que presencies como una forma de devolverle algo a este lugar. Puede ser un poema escrito, un dibujo, una ofrenda u otra cosa.
Para compartir y presenciar de manera colectiva los paisajes y las especies, tanto los que prosperan como los que atraviesan dificultades, te invitamos a enviar tu respuesta como fotografía o archivo. Las respuestas se pueden enviar de forma anónima o con tu nombre, y más adelante estarán disponibles para el público. ¡Gracias!

