


Cuando comencé a involucrarme en el programa Spring Seeker de SIA, en mis primeras expediciones al buscar manantiales, mi atención casi siempre se enfocaba en lo que podía ver de manera superficial: si el paisaje era bello o en malas condiciones, cuánta agua tenía, si había vegetación abundante, huellas de fauna silvestre o ganado y los insectos que volaban sobre el agua. Y aunque todo esto es importante para conocer un manantial, me di cuenta de que solo estaba observando una pequeña parte de lo que realmente sucede en estos ecosistemas acuáticos, y con el tiempo aprendí a mirar más allá de la superficie.
Un manantial puede parecer pequeño, incluso insignificante, cuando lo comparamos con ríos o presas, y algunos son pequeños ojos de agua escondidos en la sierra con la mínima cantidad saliendo a la superficie. Pero mientras más conozco estos sitios, más me sorprende pensar en todo lo que puede estar ocurriendo dentro de unos cuantos centímetros. Debajo de esa superficie pudiera existir una comunidad de organismos, desde microscópicos hasta otros más visibles: algas, plantas acuáticas, insectos, moluscos, crustáceos, anfibios y muchas otras especies que dependen directamente de las condiciones particulares de cada manantial. Algunos pasan toda su vida dentro del agua y otros solamente utilizan estas fuentes de agua durante una etapa de su ciclo de vida.
Ahora, cuando veo una rana cerca de un manantial puedo imaginar que en ese mismo lugar pasó todo su proceso de metamorfosis — que en algún momento estuvo dentro del agua en forma de huevo, después como un renacuajo, hasta convertirse en ese adulto que estaba observando en el exterior.



Y lo mismo ocurre con muchos de los insectos que vemos volando alrededor de los manantiales, por ejemplo: las libélulas y los caballitos del diablo, que antes de convertirse en los insectos que vemos volando, pasan una parte importante de su vida como larvas debajo de la superficie, alimentándose, creciendo y formando parte de la comunidad acuática.

Al saber un poco más sobre lo que ocurre biológicamente dentro de un manantial, ahora me es imposible separarlo de lo que sucede en el exterior. Todo está conectado.
Una comunidad de algas diminutas, por ejemplo, puede parecer insignificante, pero su función es indispensable para la existencia de la vida en el agua — simplemente al producir oxígeno y convertirse en alimento para los consumidores del siguiente eslabón en la cadena alimenticia. Estos, a su vez, pueden ser consumidos por larvas u otros animales acuáticos pequeños que se convierten en alimento para anfibios, reptiles y otras especies semiacuáticas. O emergen del agua, como una libélula que puede terminar siendo el alimento de un ave, o una rana que sale y puede formar parte de la dieta de una serpiente.





Entonces, el aspecto físico externo de un manantial es solamente una pequeña parte de todo lo que puede existir y variar entre un manantial y otro. Dependiendo de las características, algunos manantiales reciben más luz, mientras que otros permanecen protegidos bajo la sombra de la vegetación. Tienen diferencias en la temperatura, profundidad, cantidad de oxígeno, por mencionar algunas.
Esta diversidad me ha hecho entender que incluso organismos muy pequeños pueden decirnos mucho sobre el lugar donde viven. La presencia, ausencia o abundancia de ciertas especies puede ayudarnos a conocer las condiciones de un manantial y detectar cambios que quizá no serían evidentes solamente observando el aspecto externo.
Ahora, cuando llego a un manantial, todavía observo la vegetación, las huellas de fauna, la presencia de ganado y la cantidad de agua. Pero también me pregunto qué estará ocurriendo debajo de esa superficie aparentemente tranquila. Y es entonces cuando un manantial deja de ser simplemente una fuente de agua y se convierte en un ecosistema vivo, complejo y profundamente conectado con todo lo que ocurre a su alrededor.
